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FRAGMENTOS DE LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER

MILAN KUNDERA

¿Realmente necesitamos la mirada del otro para poder vivir?

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«Todos necesitamos que alguien nos mire. Sería posible  dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir…»

La primera categoría anhela la mirada de una cantidad infinita de ojos anónimos, o dicho de otro modo, la mirada del público. La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos ojos conocidos. Estos son los incansables organizadores de cócteles y cenas. Son más felices que las personas de la primera categoría quienes, cuando pierden a su público, tienen la sensación de que en el salón de su vida se ha apagado la luz. A casi todos ellos les sucede esto alguna vez. En cambio, las personas de la segunda categoría siempre consiguen alguna de esas miradas. Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la persona amada. Su situación es igual de peligrosa que la de los de la primera categoría. Alguna vez se cerrarán los ojos de la persona amada y en el salón se hará la oscuridad. Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los soñadores…

¿Y tú bajo qué mirada vives?.»

Las miradas, la aceptación, la búsqueda implacable de ser en la medida que nos ven. Resaltar sobre otro, ser diferente, ser el indicado o la indicada. ¿Esta es la composición de la vida? Kundera nos revela ese anhelante deseo del hombre o la mujer, como una necesidad. Y termina con la mirada de los soñadores. ¿Se han preguntado alguna vez, por cuál tipo de mirada nos inclinamos? ¿Realmente es posible vivir sin esta búsqueda?

Esta novela de Milan Kundera titulada “La Insoportable Levedad del ser” está compuesta por cuatro protagonistas principales: cada uno con sus cualidades especiales, con sus defectos, añoranzas, caídas, y también ascensos; con virtudes y necesidades. Un ser humano que vive, siente, respira, se apega, se libera, se complica, se complace, es feliz y triste, a alguno le pesa la existencia, y a otro le es tan leve.

Me gustaría mostrarles algunos fragmentos de los diálogos, de dos de estos personajes, para que les conozcan, aunque sea un poco.

Tomás:

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«Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería: El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. 

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El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. «Einmal ist keinmal», repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.»

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«Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)».

Teresa

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«Ella trataba de verse a sí misma a través de su cuerpo. Por eso se miraba con frecuencia al espejo… No era la vanidad lo que la atraía hacia el espejo, sino el asombro al ver a su propio yo. Se olvidaba de que estaba viendo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales. Le parecía ver su alma, que se le daba a conocer en los rasgos de su cara… Veía en ella la fiel expresión de su carácter. Se miraba durante mucho tiempo y a veces le molestaba ver en su cara los rasgos de su madre. Se miraba entonces con aún mayor ahínco y trataba, con su fuerza de voluntad, de hacer abstracción de la fisonomía de la madre, de restarla, de modo que en su cara quedase sólo lo que era ella misma. Cuando lo lograba, aquél era un momento de embriaguez: el alma salía a la superficie del cuerpo como cuando los marinos salen de la bodega, ocupan toda la cubierta, agitan los brazos hacia el cielo y cantan.»

El grito leve o pesado de Teresa

«…Era consciente de que no tenía nada más que esta mísera entrada, y le daban ganas de llorar. Para no llorar, hablaba más que de costumbre, en voz más alta y reía. Y nuevamente la tomó de sus brazos a poco de llegar e hicieron el amor. Penetró en una niebla en la que no se veía nada, sólo se la oía gritar a ella.»

El Grito de Teresa La Insoportable Levedad del Ser 1024x768 - La Insoportable Levedad del Ser

«Gritaba tanto que Tomás separó la cabeza de su cara. Creía que la voz que sonaba justo al lado de su oído le iba a romper el tímpano…

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